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10 niños

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Yo tenía diez niñitos. Uno nació en Tucumán, nuevo como la aurora. El papá FMI lo acunaba entre sus brazos: «el pan que te quito ahora dentro de cien años será caviar". No murió de hambre, no, sino de vida breve. No me quedan más que nueve.

De los nueve que quedaban, uno nació en Tulkarem. Se suicidó una mañana en su casa, contra un misil israelí, mientras mojaba en un vaso de agua la colilla de un bizcocho. No me quedan más que ocho.
De los ocho que quedaban, uno nació en Senegal. Con treinta dientes y una patera quiso invadir Gibraltar y para ahogarse sin trabas abandonó entre las olas su único juguete. No me quedan más que siete.
De los siete que quedaban, uno nació en Afganistán. Se escondía debajo de un harapo y un cartón, pero dios, que estaba en florida, lo notó, tronó y le arrojó encima un racimo de centellas que le arrancaron los brazos y los piés. Ya sólo me quedan seis.

De los seis que me quedaban, uno nació en Basora. Olía flores de uranio, bebía néctar de clavos, caídos desde el limpo, y se le pudrió la cara y se le derritió un pulmón. Pidió permiso para curarse, pero se lo denegó, allá muy lejos, el padre gringo. Ya sólo me quedan cinco.

De los cinco que quedaban, uno nació en Guatemala. El tío Nestlé le quitó la leche, la cuñada Vivendi el agua, el primo Monsanto el maíz, el abuelo Bayer las vacunas y el colega Enron la lámpara. Un cañón le quitá la tierra y un juez la casa y luego llegó el gobierno y le dijo: "Como vivas, te mato". No me quedan más que cuatro.
De los cuatro que quedaban, uno nació en Medellín. Ahito de pegamentos, lamedor de escaparates, el gachupín deambulaba por un centro comercial; y como no podía comprar sus zapatos, un gran señor comerciante le disparó entre los dientes y lo colgó del revés. Ya sólo me quedan tres.

De los tres que me quedaban, uno nació en el Congo. Inservible para extraer coltán por un dólar al día vigilado por tres ejércitos, dobló la cabeza y, porque así lo exigían los balances de la Compañía, se lo llevó la tos. No me quedan más que dos.
De los dos que me quedaban, uno nació en Vietnam. Nació con pata de palo y con tan mala pata que, mientras cortaba unas cañas, pisó una de las minas que plantó ayer el Tío Sam y que hoy se niega a quitar; y su pierna de carne y su pata de palo volaron hasta Neptuno. Ya sólo

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El mensaje de la choza de Gandhi

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Por Iván Illich 

En la década de los ochenta, Iván Illich, uno de los más grandes pensadores contemporáneos, durante su estancia en Sevagram a la que fue llamado para inaugurar una conferencia, pasó la mayor parte de su tiempo en la choza de Gandhi. El presente texto, resultado de su larga meditación en la choza del Mahatma, conserva una acuciante actualidad.

Esta mañana, al estar sentado en esta choza donde vivió Mahatma Gandhi, trataba de absorber el espíritu de sus conceptos y empaparme de su mensaje. Hay dos cosas de ella que me impresionaron grandemente. Una es el aspecto espiritual y otra la que se refiere a sus enseres . Trataba de comprender el punto de vista de Gandhi cuando hizo la choza. Me gustaron muchísimo su sencillez, belleza y orden. La choza proclama el mensaje de amor e igualdad de todos los hombres. Como la casa en la que vivo en México se asemeja en muchas formas a esta choza, pude comprender su espíritu.
Aquí encontré que la choza tiene siete tipos de lugares. Al entrar hay uno en el que se colocan los zapatos y se prepara uno, física y mentalmente, para entrar. Luego viene el cuarto central que es lo suficientemente amplio para alojar a una familia numerosa. Esta mañana, a las 4, cuando estaba sentado ahí, listo para rezar, había cuatro personas sentadas conmigo recargadas en una pared y, del otro lado, había suficiente espacio para otros cuatro sentados muy juntos. Este es el cuarto al que todos pueden acudir para reunirse con los demás. El tercer espacio es donde Gandhi se sentaba y trabajaba. Hay otros dos cuartos -uno para visitas y el otro para enfermos. Hay una veranda abierta y también un cómodo y espacioso baño. Todos estos espacios tienen una relación intensamente orgánica.
Siento que, si viniera gente rica a la choza, se burlaría de ella. Cuando veo las cosas desde el punto de vista de un indio común, no veo por qué una casa deba ser más grande que ésta. Está hecha de madera y de adobe. En su construcción no fue la máquina la que trabajó, sino las mano

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